miércoles, octubre 7

Una hora careta

Volvió a llamarme la perra. “¿Otra vez?”, pensé. “No puede ser que no haya nadie más boludo que yo”. Por fortuna me había quedado sin batería en el móvil durante todo el día. No vi su llamada hasta que llegué a casa, muy tarde. Yo soy de los que guardan los números de los enemigos para poder anticiparlos. En cuanto veo sus nombres en el visor, agradezco a la tecnología este gran avance que me ahorra años de entrenamiento para adquirir, después de mucho esfuerzo, la clarividencia. No iba a devolverle la llamada a esta mezquina criatura. Era ella la que necesitaba algo, así que esperé.

Intentó con el mail y me envió un correo electrónico muy careta, de esos que suele mandar fingiendo aprecio por los demás. Siempre intercala palabras en inglés y en francés para que no me olvide que estoy tratando con una persona muy cool. No dejé pasar mucho tiempo antes de contestarle. Le dije que estaría muy ocupado durante dos semanas y que, hasta ese entonces, no podría reunirme con ella. Me respondió que podía esperar y pensé, entonces, que no se trataba de algo importante. Si no me llamaba por trabajo, me llamaba para sacarme información, aunque no sabía qué información podía darle un microbio como yo.

Llegué puntual. El alquiler del piso sobre la avenida Del Libertador se hacía muy difícil de mantener, así que había decidido mudarse con su pareja a escasas dos cuadras, a una torre nueva, esas de reciente construcción y que se ven en la zona norte de la ciudad y que están hechas con revestimientos pétreos muy caros, con acero inoxidable y con un ejército de guardias de seguridad, una de las ocupaciones más tristes y despreciables inventadas por la agonía capitalista. Los mulos son entidades sin alma.

Me anuncié a través de un pasavoz suspendido en la superficie de una cabina de vidrio negro y sonreí a todas las cámaras que vigilaban mi paso desde la puerta de entrada hasta el ascensor. Uno de los sabios de la arquitectura sostenía, con un dejo romántico, que el ascensor había acabado con el heroísmo de la escalera. Los elevadores de propulsión nuclear como este, no dan tiempo suficiente para pensar, no dan una oportunidad para el arrepentimiento o para la reflexión. El tiempo que tarda en subir veinticinco pisos apenas me alcanzó para esbozar unos garabatos sobre el miedo de las personas que elijen estas torres. La gente como la perra vive con un miedo notable.

El palier semitransparente dejaba verla a ella actuando su desayuno, maquillada y ataviada elegantemente, sentada con las piernas cruzadas y fingiendo la lectura de uno de esos gigantescos matutinos de derecha. Ella sabía dónde estaba porque ya me había anunciado a un extraño detrás de un vidrio negro y porque el edificio está lleno de cámaras. ¿Por qué mierda dramatiza todo? La perra fue perdiendo mucha autenticidad en todo este tiempo. No tiene nada de espontánea, todo en ella está medido y calculado, todo es una farsa escenográfica. Le golpeé el vidrio y me abrió la puerta. Su sonrisa era amplia y sus marcas de expresión parecían haberse profundizado bastante en poco más de medio año. La había visto por última vez en marzo, cuando apareció por el estudio a cobrar lo que el colega le debía. Entré y la acompañé a la mesa donde tenía desplegados otros periódicos y donde estaban la taza que ella había usado y una taza libre, sin usar. “Ya desayunaste vos, ¿no?”. No tenía ganas de convidarme nada así que le dije que sí, que ya había tomado algo en casa. La reunión no pintaba bien, así que prefería que terminara rápido para no fumarme su mala onda.

Ensayé un elogio modesto al hablar de su nuevo hogar. Ella se sintió reconfortada y comenzó a hablarme del trabajo que le había tomado, que había hecho todo especial, que había hecho traer una piedra de Alemania para hacer el solado y de un montón de detalles más de todo eso que sólo le interesa a ella. Acotó que le había salido una fortuna y que se había quedado sin dinero después de tanto esfuerzo. La perra lloraba mientras yo sólo veía los mismos clichés que repiten número tras número todas las publicaciones de arquitectura y diseño contemporáneas. Las mismas imágenes, los mismos espacios, los mismos muebles, las mismas lámparas, los mismos adornos. Nada innovador, nada jugado. En el balcón había hecho colocar una parrilla que no guardaba relación alguna con la jerarquía de la torre. Era un injerto verdaderamente molesto. Advirtió que me había perturbado con semejante desarmonía y se justificó diciendo que no esperara demasiado de una parrilla. Total, no era más que una parrilla. Adentro, el entrepiso de la doble altura ostentaba una baranda vidriada que aguardaba un trapo húmedo desde hacía varias semanas. La luz del sol ponía en evidencia la mugre pegada a un vidrio que sólo podía limpiarse desde una escalera de tres metros.

Estaba compenetrado, descubriendo que su nuevo hogar no era muy diferente de cualquier otro cuando, de repente, dejó de lado su orgullo profesional para pasar a contarme una intimidad. Cuando dijo que su hijo mayor había tenido un accidente, pensé que sería otro de sus delirios. Su hijo mayor tiene 23 o 24 años y puede dedicarse a la docencia y a viajar por el mundo gracias al financiamiento materno. Se trata de una persona sin carencias materiales. Luego de años de buscar alguna disciplina que le ayudara a cultivar su espíritu, el hijo de la perra se había decidido finalmente a practicar yoga en una exigente academia internacional. Él me corregía cada vez que yo decía shoga y, haciendo gala de una excelente pronunciación del sánscrito, sentenciaba: “Se dice ioga”. Como su madre le había transmitido la pasión por los detalles superfluos, tuve que descartar la idea de tener una charla sobre doctrinas hindúes o sobre la unificación de la conciencia, algo mucho menos interesante que hablar correctamente una lengua muerta en una ciudad del orto como Buenos Aires.

Su hijo era, en fin, un poco idiota pero joven y sano, con buenos reflejos. Si se había accidentado, la responsabilidad tenía que ser de otro, de algún loco de esos que salen a la calle con un arma o que conducen su vehículo como si estuvieran en un juego de consola. Pero el hijo de la perra tuvo un brote hipomaníaco repentino. En una fiesta con amigos quedó callado por unos minutos, nada extraño en alguien tan introspectivo como él. Se paró, se dirigió a su auto y arrancó el motor para ir a embestir un vehículo estacionado al otro lado de una ancha avenida. Luego de eso, tuvo una depresión leve. Se sentaba frente al televisor y no reaccionaba frente a ningún estímulo. Según la perra, fueron dos semanas muy duras acompañadas de breves mejorías. Se sintió contenta que la de su hijo no fuera de las depresiones más graves, de esas en las que el afectado se encierra a oscuras en su habitación sin siquiera salir para ir al baño o para ir a comer. La perra intentaba transmitirme su dolor como madre pero yo sólo veía que la vida le había devuelto un gran raquetazo en la nuca. La conocí en la cima de su orgullo, con una gran capacidad para despreciar el sufrimiento ajeno. Si alguien cercano tenía algún problema, ella sólo pedía que “no la salpicaran”. No hay que esperar muchos años para ver las consecuencias de un pensamiento dirigido por el egoísmo.

Mantuvo la entereza a lo largo de todo el relato porque ya habían pasado varios meses desde el accidente. Ahora, su hijo seguía un estricto tratamiento psiquiátrico y psicológico que había estabilizado su bipolaridad. Se me ocurrió pensar que el flaco se había zarpado con la falopa. Como si me leyera la mente, la perra negó que su hijo se drogara. Practicaba yoga y era vegetariano. ¿Cómo iba a drogarse? Si el problema no era con las drogas entonces se trataba de una terrible presión acumulada a lo largo de todos los años en los que la psiquis se había ido formando. Y la madre tenía mucho que ver en eso. La perra se hizo cargo tímidamente sin necesidad de que haga ninguno de mis comentarios de filosofía barata. "...y yo como madre tendré algo de responsabilidad...". No le dije demasiado, tan sólo elogié su templanza. Cuando me recordó que es enemiga de la autocompasión, alcancé a ver un orgullo que luchaba por seguir reluciendo. Sospeché, entonces, que una vez superada su aflicción volvería a ser como siempre había sido: racional, insensible, fría, caprichosa, manipuladora, intolerante. Una maldita perra.

A pesar de ello, afirmaba que gracias a esto había podido ver las cosas esenciales de la vida. Había descubierto que se hacía mucho problema por cosas de poca importancia. Qué noticia. Las personas que esperan que les ocurra una desgracia para poder conectarse con la vida, no me emocionan. Están trastornadas y con su trastorno no hacen más que destruir el mundo. Se pasan toda la vida al margen de lo esencial, ciegos ante el universo que siempre estuvo ahí. Y de repente, se iluminan. Cada vez hay más gente así y eso me preocupa. Me preguntó por mi trabajo y yo le dije la verdad, que gano bastante bien, que no me rompen las pelotas, que a veces me aburro un poco pero que puedo llegar a cualquier hora y no me dicen nada. Ella no tenía nada mejor para ofrecer. Me comentó que había dejado de trabajar desde que su hijo se había accidentado y que ahora estaba intentando comenzar con algo nuevo. Le pregunté y no quiso entrar en detalles porque se trata de algo reciente. No insistí. Ya había escuchado suficiente.

Se tenía que ir y me despachó rápidamente. Por suerte, yo también me tenía que ir. A último momento me ofreció algo para tomar. Le acepté un poco de agua. Mientras estaba en el palier, se me ocurrió preguntarme “¿Ya está? ¿Para esto me llamó la muy perra?”. Se había cortado la luz en todo el edificio y tuve que bajar por el único ascensor habilitado, el ascensor de servicio.

martes, julio 28

Miseria infinita

Reconozco que al principio el colega no me cayó bien. Me pareció un tipo con un exceso de seguridad en sí mismo. Descubrí más adelante que su amargura es hija de un gran sueño. El colega tiene una idea muy clara de lo que quiere. La totalidad de su ser está dedicada a lograr que las cosas sean como las imaginó. Rara vez pide consejo o alguna opinión ajena. Se enoja bastante seguido, cada vez que sus ideas no son bien entendidas. Si tiene que repetir una explicación, el colega lo hace con un tono más seco, marcando siempre la última palabra y mirando con intensidad a su interlocutor. Su cuaderno de anotaciones está lleno de garabatos de vivos colores realizados mientras habla por teléfono, verdaderas obras de arte en las que puede leerse una estructura, una armonía, una lógica, una coherencia, un criterio.

El colega tiene criterio. Sabe adónde va y sabe dónde está parado. No se dispersa con otras actividades. No se lo escucha hablar de fútbol ni de cine ni de su familia. Su dedicación al trabajo es completa. Comencé a sentir algo de respeto cuando descubrí que el colega está siempre buscando, siempre mirando hacia adelante, siempre atento a la última novedad. El colega viaja, va y viene, no está atornillado a su silla ejerciendo funciones de control, funciones que ejercen otros sujetos que trabajan para él.

Hace pocos días, envió un vídeo muy bueno en el que se muestra el lado amargo de las profesiones creativas: el trato con el cliente. Dejé de creer en esta humanidad desde que conocí a esa mezquina criatura, entidad capaz de discutir hasta el último ítem de un presupuesto, de pedir descuento por todo y, luego de tanto esfuerzo, de manifestar insatisfacción ante los resultados de su obra o diseño. Merece, como mínimo, quedar expuesta vergonzosamente en situaciones cotidianas para comprender la magnitud de su miseria.

Las discusiones con clientes (y con jefes que son como clientes) han sido de esos momentos saturados por una amargura tan rancia como la que se siente al lamer el culo de un sapo. Perder tiempo discutiendo sobre dinero y otras ridiculeces me llena de tristeza. Asistan al funeral de la humanidad, al momento en el que la mercantilización de la existencia nos transforma en larvas, en parásitos y en enemigos de la vida.

lunes, julio 20

Enemigo común

Cada año se renueva esa polémica que hace pensar en la naturaleza cíclica de la vida y de los acontecimientos que la conforman. La cuestión es que para algunos es motivo de festejo y para otros, de reflexión. ¿Llegó realmente el hombre a la Luna o no es más que otra farsa? ¿Qué relación tiene con la amistad? ¿Se pueden considerar a los contactos virtuales de una red social como amigos? Este día, ¿se trata de otro invento más explotado por el mercado o es la oportunidad para expresar un sentimiento sincero? ¿Es un amigo una luz brillando en la oscuridad?

Tengo pocos amigos. Pocos pero buenos. A algunos los veo seguido y a otros no tanto. La vida, sabiamente, fue distanciándome de aquellos con los que tengo poca afinidad. Quienes tienen algo que considero valioso cuentan con mi voluntad para sacarle brillo al vínculo día a día. Una llamada telefónica, un mail, una postal, un mensaje de texto son los recursos a mi alcance. "¿Almorzamos hoy?", le escribí al viajero. Me propuso un lugar y yo estuve de acuerdo.

No extrañaba ni el aroma a frito ni el vértigo de sus comensales y empleados pero sé que a él le gustan estos lugares de comida rápida. Le pregunté sobre su último viaje mientras volcaba un aderezo lechoso sobre mi ensalada de perfectas hojas verdes. Me habló de Río y del carnaval antes de comenzar a devorar su hamburguesa de carne de lombriz. En la mesa diminuta no tenía lugar para apoyar la bandeja y los codos al mismo tiempo. El asiento estaba fijo a la estructura de la mesa y eso me alejaba de mi perfecta ensalada. Me di cuenta de ese error de diseño cuando una de esas relucientes hojas verdes dejó una aureola de lechoso aderezo al caer sobre mi regazo.

El viajero sigue trabajando en la misma empresa de clearing bancario a la que se cambió hace dos años. Me habló de un gringo que vino a dar una charla sobre un nuevo software bancario. Yo le hablé de un curso que estoy haciendo ahora sobre un software de dibujo y presupuestación, una maravillosa herramienta que le permite a una sola persona hacer el trabajo de tres. "Los avances tecnológicos liberarán al ser humano de la alienación del trabajo", deben pensar los idealistas que creen hacerle un favor a la humanidad con este tipo de progresos. En realidad, son fantásticas oportunidades para reducir costos en mano de obra. El gringo de la charla sudó cuando se encontró con esta realidad en forma de pregunta."Equivocaron el target...", me dijo el viajero,"...la charla era para gerentes, no para empleados bancarios".

Terminamos de hablar pavadas y pasamos a lo verdaderamente importante. Me contó que la recepcionista encontró trabajo casi inmediatamente luego de ser despedida. Del erudito no sabía nada. Le relaté mi encuentro con el filósofo. Me confirmó que en el salón de ventas sólo quedaban la tana, el licenciado y el dueño. Harry y el filósofo habían vuelto a la fábrica, la cual estaba ahora siendo manejada -para mi sorpresa- por el payaso #2. El viajero estaba compungido. Había trabajado en la empresa durante ocho años y saber todo esto le afectaba. Al parecer, el jefe había sido degradado. Se desinfló como un globo y fue perdiendo lugar a medida que el amigo iba retrocediendo.

Y también hablamos del amigo. ¡Ah, el amigo!, ese tirano de cartulina que en el día que lo honra me entero, por fin, que su mundo de fantasía se derrumba, que tuvo que hacerle un lugar a un par de nuevos inversionistas, que la corrupta fundación que tenía con el bicho no prosperó y que tuvo que regalar su camioneta 4x4 a unos barrabravas para que no lo violaran por la oreja izquierda.

martes, julio 14

Ciego ante la verdad

El lunes es el día más difícil. Me lo asegura con un gesto de resignación uno de mis vecinos a quien, fortuitamente, me cruzo en el ascensor que nos lleva en trayecto descendente hacia el inframundo de la vida cotidiana. Le digo que el lunes es el día de la luna y, por lo tanto, el día de los lunáticos, gente que está lo suficientemente mal de la cabeza como para levantarse a trabajar. Expongo mi teoría antes de llegar a la planta baja, aprovechando que es mi rehén por breves instantes. Me mira atemorizado, con los ojos desencajados y sosteniendo el gigantesco estuche de guitarra que cuelga de sus modestas espaldas. Cuando somos finalmente vomitados hacia el exterior del edificio, mi vecino aprovecha para huir a toda carrera pensando, seguramente, que desayuné mis tostadas untadas con alcohol en gel.

Deben haber pasado más o menos ocho meses desde que me incorporé a uno de los cinco equipos de trabajo en los que se distribuyen los esclavos del estudio. Me fui lejos de mi ubicación original, ese cálido rincón que armaban para mí la prima y la caribeña, enfriado sólo por la presencia del gracioso a mis espaldas y por la del colega al frente. No tardé en notar que el cambio me favorecía. Aunque rodeado de extraños y de espaldas a la puerta -que además da mal feng shui-, me sentía con mayor privacidad. Ya no tenía al maldito radar del gracioso captando cada uno de mis pequeños gestos. Ese tipo no tiene nada que hacer, como pasa con cualquiera de esos inútiles que sólo se dedican a coleccionar pequeñas muestras de todo cuanto existe en el mundo. Su vida está íntegramente dedicada a vivir de las migajas de los demás. El gracioso es un estafador. Todo en él es fingido. No tiene nada de auténtico, limpio o luminoso. No es nada más que un pozo oscuro absorbiendo cada destello que se le aproxima.

La idea de integrar un equipo de trabajo no me entusiasmaba. Adoro estar solo. Pero entrar a un equipo me permitió tener la mente algo más despierta y me dio la posibilidad de ejercitar mi poco desarrollada capacidad para sociabilizar con los infrahumanos que habitan el mundo del trabajo moderno. Una de mis obligaciones era la de asistir a la reunión de los lunes, reunión que los gerentes tenían con cada uno de los equipos por separado. Hasta hace pocas semanas sentía que las reuniones de los lunes eran esos momentos ideales para realizar los mejores garabatos psicodélicos en mi cuaderno. Tuve que empezar a prestar más atención cuando noté que el gordito miraba con interés mis habilidades artísticas. No quería darle oportunidad de lanzar alguna de sus ridículas ironías.

Una vez que descifré el extraño dialecto del antiguo anglosajón empleado en estas reuniones, comencé a entender de qué se hablaba: luego de una breve introducción sobre temas de actualidad -mayormente fútbol-, se revisaba una lista de proyectos y clientes para ver en qué estado se encontraba cada uno. Siempre noté un tono amistoso que se interrumpía, de cuando en cuando, con alguno de los chistes malos del lungo o con algún pequeño sarcasmo emanado por el gordito.

La monotonía habitual de estas reuniones en las que sólo se enfervorecían los adictos al trabajo, fue interrumpida hace poco por una pequeña polémica entre el gerente y el gordito. El dilema estalló alrededor del nombre de una calle en el distrito más exclusivo de la ciudad de Buenos Aires. El gordito trajo la tarjeta de uno de sus clientes donde figuraba bajo el nombre de “Olga Cosentini”. El gerente sostenía que el nombre verdadero era el de Olga Cossettini, tal como yo lo había visto en uno de los carteles de la calle. Los asistentes a la reunión nos dividimos en dos bandos irreconciliables. El gerente apostó una tortilla y el gordito aceptó.

Terminó la reunión y, movido por mi aversión hacia el gordito, consulté a la fuente de todo conocimiento, al máximo saber enciclopédico del mundo virtual, al más eficiente asesino de sabios y eruditos. La consulta en idioma castellano le dio la razón al gerente y a todos los que nos alineábamos detrás de él. Copié el resultado de la búsqueda a todos los que en ese momento habíamos estado presentes. Hubo una única respuesta: el festejo del gerente.

Al otro día, cuando ya había olvidado el asunto, aparece el gordito para consultar algo a la gente de mi equipo. Delante de todos, y sin dejar de sonreír, me llamó buchón. “¿Vos creés que vas a quedar bien con este?”, dijo refiriéndose al gerente. “Vos tenés que quedar bien conmigo”. Todos festejaron la broma con timidez. Yo también sonreía pero porque me encantaba verlo molesto y ofendido. Luego, me pidió que trucara el resultado para favorecerlo en la apuesta. Le di el “sí” de los locos y seguí haciendo mis cosas. Me di cuenta que todavía sangraba por la herida cuando volvió a llamarme buchón y cuando volvió a pedirme que fraguara el resultado con el que el oráculo se había expedido. De ninguna manera. Me di vuelta y me negué amablemente diciendo: “Soy amigo de la verdad“. Sin bajar los mofletes que marcaban esa regordeta sonrisa, miró a uno de mis compañeros y dijo: “Es un artista…”. Lo vi agonizando y decidí rematarlo agregando un comentario sobre la credibilidad de las fuentes. El gordito había elegido mal. La tarjeta del cliente no era una fuente fidedigna como sí lo era el núcleo del universo del conocimiento al que yo me había asomado.

Me había ganado un nuevo enemigo. Y no podía ser de otra forma con alguien como el gordito, alguien para quien el orgullo está antes que ese error irrefutable conocido como verdad.

jueves, julio 9

Debajo de las ruinas

Llega un mensaje a mi celular. Hago un esfuerzo para sacarlo del bolsillo de mi pantalón. Hay mucha gente en el subte. El número es de un desconocido que me saluda por el día del arquitecto. No le contesto. Aunque me rodea este particular espécimen a diario, evité repartir saludos y felicitaciones. El día del arquitecto me resulta incomprensible y el día del arquitecto argentino, una boludez galáctica. La humanidad no necesita arquitectos. El ser humano siempre supo fabricar su refugio. "¡Feliz día, Cebolla!", me grita uno en el estudio. "Yo no estoy recibido todavía. Soy un ratón", le contesto con forzada amargura. Me responde con un argumento simpático pero gastado, algo así como que el título no importa.

Luego de un año y medio, el estudio ya me parecía agotador. No soy afecto a las permanencias prolongadas. Me gusta sentir que, adonde quiera que vaya, siempre estoy de visita. Soy un maldito nómade, no me establezco, no me comprometo, nunca estoy conforme, siempre estoy dispuesto a salir en búsqueda de algo distinto. Volvía a casa y pensaba en el hastío, en el cansancio que me producía tener que caretearla todos los días y en el boludísimo día del arquitecto argentino. De repente, escucho una voz conocida que me llama por mi nombre. "¡Cebolla!". Volteo y lo veo al filósofo. Se afeitó la barba y se recortó el cabello, que parece ganar cada día más canas de las que entran en esas pelucas europeas del siglo XVIII. Su mirada sigue siendo transparente y su sonrisa, generosa. El filósofo, a pesar de su perfil intelectual, mantenía un espíritu jovial y optimista. Por eso me cae tan bien. Se trata de un tipo auténtico. No tenía ese oscuro resentimiento con el cual se tortura la gente como Harry o el erudito, gente a la que prefiero evitar.

Le devolví la sonrisa y le pregunté de dónde venía. El filósofo es vecino mío en un barrio tanguero de Buenos Aires pero el trayecto para volver del estudio no es el mismo que para volver de la empresa. "Vengo del sindicato", me dice. En ese instante supe de qué hablaríamos los próximos diez minutos. Por fin había llegado la esperada debacle. La empresa se derrumbaba gracias a la incapacidad del amigo. "Echaron a quince personas de la fábrica. Hace un mes echaron a la recepcionista y al erudito", agregó.

El erudito había discutido con el amigo varias veces. Entre ellos había una tensión constante. Con la recepcionista era distinto. El amigo pensaba lo mismo que todos los buitres que revoloteábamos alrededor de esa delicada silueta: que la recepcionista es una señorita muy atractiva. “Una rica chica”, como diría mi señora madre. Pero el amigo quería garchársela a toda costa. Que lo evadiera con elegancia y que empezara a salir con alguien de la fábrica son dos puntos que deben haber influido en su decisión con algo de celos y rabia, sin olvidar que se trata de un garca verdaderamente importante. "También echaron a Sonrisa. No sabés... Sonrisa se peleó con la tana antes de irse...", me dijo con satisfacción. Nunca quisieron a la tana. La consideraban alcahueta del amigo. Ella lo negó siempre. Y ahora sucedía que se desmantelaba esa dupla indestructible que habían formado Sonrisa y la tana. El filósofo remarcó que la habían echado justo después de una feroz discusión en la que Sonrisa la acusaba de felonía. Pero no la defendí. Creo que la tana, mi querida tana, se equivocó al creer en el amigo. Nunca voy a tener bolas para reprocharle su error.

"También echaron a la diplomática. No, en realidad se fue unos meses antes. Esa era una boluda...". Acompañó su afirmación con una sonrisa socarrona. "En realidad era inocente", dije con un gesto de condescendencia. El filósofo asintió, "Sí, creo que esa es la palabra. Era inocente". La diplomática era de las personas más dulces que había conocido. Llamarla boluda me parecía injusto. La diplomática nunca había sido aceptada, no sé bien por qué. Tal vez porque era bonita y buena y eso es algo que cualquier otra mujer envidia y desea destruir. Sonrisa no la soportaba y hasta la tana, que suele ser medida en el juicio, le guardaba recelo. Su entrenamiento como maratonista aficionada le debe haber resultado muy útil para huir a toda carrera de un lugar tan hediondo y decadente como la empresa. En silencio, me compadecí de los que quedaban porque tienen por delante la difícil tarea de salir de debajo de los escombros.

Por otro lado, pensé que los que habían sido despedidos tenían la gran oportunidad de empezar de nuevo, algo que no se atrevían a hacer por sí solos. Aunque están en conflicto gremial y el filósofo se está desempeñando como delegado, los cesanteados no desean reincorporarse. Y yo creo que hacen muy bien. ¿Volver a la empresa? Ni por putas. Ya pasó más de medio año y los que quedan en la empresa recién terminan de cobrar la última cuota del sueldo de mayo. A medida que el filósofo me ponía al tanto de todo lo que pasaba en la empresa, no pude evitar la comparación con el estudio. Cobro mi jornal puntualmente, no me rompen las bolas si llego tarde, me ocupo de mis tareas sin pensar en telegramas ni en huelgas ni en sindicatos. Y de repente, el hastío se disolvió. “Qué sorete que soy”, pensé. Tengo que escuchar las desgracias ajenas para sentirme contento por eso mismo que, cinco minutos atrás, me parecía una terrible mierda. “¿Vos? ¿Seguís en ese lugar?”, me pregunta. “Sí, ahí, con el legendario. Se lo mencioné porque sé que el legendario era alguien muy querido entre ellos. No pasaba una semana sin que Harry lo mencionara. Sólo me contestó con un “Ah…” para seguir dándome detalles de la batalla que se está librando en esa ciénaga laboral.

Me bajé antes. El filósofo seguía unas estaciones más. Dijo que iba a comprar un DVD trucho de una de esas series gringas que pegan tanto. Nos despedimos, le deseé éxitos en su nuevo rol y, por suerte, no intercambiamos teléfonos. Al filósofo lo aprecio mucho pero no me interesa saber cómo se desenlaza este conflicto. En lo más mínimo. No voy a llamarlo para que me cuente cómo va todo o para ofrecerle ayuda. El filósofo entendió el juego y no me ofreció su número ni me pidió el mío. Sabe que somos dos seres respetuosos pero habitantes de mundos muy distintos. Mientras estuve con ellos, les dije que ese lugar no tiene futuro y que yo no iba a durar mucho. Se lo dije a él, se lo dije a la tana, se lo dije a Harry. Harry es el más cagón y eso se le nota. Su excusa era su hijo. “Yo tengo familia...”, decía, "...no es tan fácil". La tana se había jugado. Con cincuenta años cumplidos no podía arriesgarse demasiado. Después de los cincuenta sos inservible. Nadie te quiere. Su marido la había dejado a principios de año. El filósofo era el más claro. No quería resignar los beneficios que había obtenido luego de pasar casi una década trabajando para la empresa. Tiene tres hijos y está pagando una hipoteca. Sé que va a luchar hasta el final. Cuando discutía con el amigo, lo hacía de frente y con calma. El filósofo siempre dice lo que piensa.

Al otro día, se lo comenté al legendario. Nos cruzamos en el baño del estudio y le expuse una breve síntesis. “Nos fuimos justo a tiempo, ¿no?”, me preguntó mientras fruncía el seño. Se asomaba una tímida nostalgia detrás de ese gesto. Al parecer, el legendario guarda bellos recuerdos de su paso por la empresa y debe sufrir imaginando su avanzado deterioro. Yo me ubicaba lejos, en el otro hemisferio del mismo asteroide. Desde ahí, me sentía nadando en las cálidas aguas del regocijo. Ahora sufrían los cobardes y los perezosos. Esos mismos que, por no haberse atrevido a enfrentar un pequeño problema, se encuentran ahora sepultados debajo de la realidad, sin otro sueño más que el de esperar que se termine esa asfixiante pesadilla llamada trabajo.

martes, junio 30

Gente común

Entre la corrupción histórica, el capitalismo y las finanzas hay un hilo conductor.
Philip Roth
Vivir en un octavo piso y no tener buzón me da la posibilidad de pisotear la correspondencia postal al entrar a mi departamento. Es el recurso que tengo para aturdir a los impuestos y servicios que el encargado echa por debajo de la puerta.

Desde la nefasta y oscura década de 1990, los asalariados que tenían el extraño privilegio de trabajar en blanco fueron beneficiados con la bancarización de sus sueldos. Cada empleador serio abriría una cuenta bancaria en la que depositaría la limosna con la que reconoce mensualmente el esfuerzo realizado por sus esclavos laborales. El detalle de los movimientos en mi triste caja de ahorro es -para mi alegría- el único motivo por el cual el banco me escribe cada cuatro meses. Cansado de tentarme con créditos personales listos y aprobados, descuentos microscópicos en comercios que no frecuento y otras burdas tretas aptas para aquellos que ahogan sus penas existenciales en el consumo, el banco decidió poner fin a nuestra fría relación. En una nueva misiva anunciaba que a partir de mitad de año comenzaría a cobrarme por todo lo que no lo que no me había cobrado hasta el momento.

Aunque parezca extraño, la propuesta del banco me parecía totalmente justa. La cuenta en la que la empresa depositaba mi jornal permaneció activa y libre de costos para mí cuando renuncié y me pasé al estudio. Aproveché ese pequeño regalo y deposité durante casi un año y medio el cheque con el que me paga el colega sin otro costo que el del impuesto a los créditos y a los débitos. Sólo lamento no haber previsto que el efecto de este invierno financiero mundial iba a hacerse sentir también en estas pequeñas cosas. Cuando el banco me escribió, no tuve más que dos semanas para reorganizar toda mi vida.

En la carta, el gerente de no-sé-qué-sector argumentaba que como no registraba movimiento de haberes en mi cuenta desde hacía más de seis meses, correspondía ahora cobrarme por cada muestra de vitalidad financiera. Estaba usando un espacio por el cual ahora tenía que pagar, justo ahora que el capitalismo está en crisis, justo ahora que se cuestiona el libre mercado y justo ahora que el crédito es como una bestia peluda y hambrienta suelta en un jardín de infantes. Y como no me gusta que las larvas y los burócratas vivan de mi esfuerzo, me pareció que esta era una buena oportunidad para mandarlos a cagar.

Como suele suceder con estas pequeñas y complejas entidades, nada de lo que hagan busca hacerles la vida más fácil a sus rehenes (conocidos en su jerga como clientes). Para dar de baja esa cuenta debía viajar más allá de los límites de la culta urbe y presentarme en la sucursal donde había sido abierta la cuenta, ubicada cerca de la fábrica que la empresa tiene en esa localidad en un suburbio del lejano sur.

Me pedí una mañana libre en el estudio para renovar la sensación de exilio vivida en aquella época. Recordé que había abandonado a las chicas -afincadas en el opulento norte de la ciudad- para incorporarme al lugar que la empresa me reservaba en su fábrica del lejano sur, ubicada en los confines del buen gusto. Mi vida se mueve en extremos, de norte a sur y de sur a norte.

Mi salud mental mejoró notablemente desde que no trato con enfermos como el amigo. Mis pensamientos están orientados ahora hacia cosas más constructivas. La fantasía de inmolarme con una carga de explosivos en la oficina del dueño había dejado de ser una fantasía recurrente desde hacía bastante tiempo. A pesar de esto, encontré nostalgia en varios detalles que marcaban ese viaje. La vendedora de humitas y empanadas tucumanas. La pequeña panadería que vendía gigantescas medialunas de grasa. Las mujeres con el cabello teñido de un rubio furioso que deja asomar unas raíces oscuras como esa eterna noche cloacal. Los puestos de venta ambulante seguían ocupando la mitad de la circulación de los túneles que pasan por debajo de la estación de tren. Sólo faltaba el cieguito que solía pedir monedas sentado en la escalera. Ahora ocupaba su lugar un mendigo al que le faltaba la pierna derecha.

Atravesé el mar de gente que seguía yendo y viniendo, entré en el banco y corté el último lazo que me mantenía vinculado con la empresa: una maldita cuenta bancaria. Sostengo que la vida misma nos resarce con justicia. Yo tuve suerte. Como compensación a los vejamenes sufridos durante un año y medio, el destino me obsequió un goce que duró la misma cantidad de tiempo. La vida me sorprende con este tipo de cosas. No tardé en recibir este resarcimiento. Pero hay que devolverlo una vez cumplida su vida útil. Las personas que no saben devolver los regalos del destino se convierten en parásitos. Quieren recibir siempre y nunca están dispuestas a dejar ir. Así es como se arrugan antes de tiempo y van secándose lentamente. Así es como vive la gente común.

miércoles, mayo 13

13 pasos hacia ningún lugar

El hombre perdió el hábito de la libertad hace diez milenios. En aquel entonces, se enfrentó por primera vez con la brumosa angustia por el futuro. Comenzó a labrar la tierra y a domesticar animales para alimentar a su prole en crecimiento porque la caza y la recolección ya no proveían sustento suficiente. El hombre se hizo sedentario, creó las ciudades y necesitó servidumbre. Abandonó el ritmo errante de los nómades que se movían siguiendo a las grandes manadas de animales y se adentró en una nueva era, en la era de los excedentes, de la depredación y de la esclavitud. Cautivo en su nuevo mundo, el hombre no tuvo más remedio que trabajar.

Para llegar al estudio debo franquear trece puertas desde que abandono mi monoambiente hasta que llego al céntrico piso donde se extiende la cuadrícula laboral en la que se agitan casi medio centenar de cautivos. El viaje en tren subterráneo sigue siendo la experiencia más salvaje de todo el trayecto. Cuando el tren abre sus puertas, tiene lugar una cruda batalla entre dos ejércitos: el de los que quieren bajar y el de los que quieren subir. Forcejeos, empujones, codazos son los recursos corporales en esta batalla campal donde ambos bandos buscan llegar rápido a ese lugar que les permite construir un sueño burgués que justifique el flagelo que reciben.

La entrada al edificio es como la de muchos edificios de oficinas. Grandes puertas de cristal al frente, un mostrador con dos guardias de seguridad, dos molinetes para control de acceso, un par de ascensores revestidos en acero inoxidable y muchos simios con corbata yendo y viniendo. El primer piso lo ocupa una inmobiliaria, pero de esas inmobiliarias tan grandes que rompen todo: se hacen llamar brokers. En el segundo piso funciona una entidad financiera. Ahora se los ve poco. Deben haberse dedicado a otra cosa o deben haber muerto de gripe porcina, los muy cerdos. El tercer y cuarto piso está ocupado por una multinacional dedicada a los alimentos y a los cosméticos. En el quinto funcionaba una empresa de seguros. En el sexto hay una empresa extranjera de logística mientras que el séptimo es compartido por el estudio y otra aseguradora. Una frutera nacional se ubica en el octavo y último piso.

Cruzo el decimotercer umbral y son los códigos del estudio los que entran en vigencia. El horario no es estricto. Los que llegan temprano son muy pocos. A las nueve en punto suelen estar todos los integrantes de la administración, entre los que destacan Teclado y el gracioso, quien a esa hora está tranquilo, tomando mate con esos mismos compañeros a quienes torturará con su humor vulgar una vez que comience el ruidoso circo cotidiano. La prima siempre viene tarde pero sólo cuando el colega se encuentra de viaje. Para una persona como ella, amante del descanso y enemiga natural del hábito de madrugar, levantarse temprano para ir a trabajar representa la peor forma de entrar al mundo de vigilia. A veces, ingresa furtivamente al estudio para evitar ser vista por el gerente, quien también suele llegar temprano para sentarse en su despacho y hacer de cuenta que tiene mucho trabajo. "Este juepucha no hace nada...", afirmaba la caribeña, quien gusta de llegar e irse puntualmente para no ser esclava del estudio. "Yo tengo cosas para hacer fuera de la oficina, ¿sabes?", me decía con el orgullo propio de quienes saben poner límites.

No distinguía más allá de las cinco personas que me rodeaban. El resto de la gente era como una manifestación que está moviéndose constantemente. No había individuos, sólo una masa polimórfica con unas pocas características claras. Veía que había mayoría masculina y que entre ellos predominaba el pantalón pinzado color gris o color marrón caquita de perro caniche. Algunos usaban jeans. La camisa podía ser a cuadros o lisa. De marca, por supuesto. Con un reptil o un bordado canchero sobre el corazón. Los zapatos eran, generalmente, de gamuza y tenían suela de goma. El gusto por el fútbol era muy usual, al igual que la pasión por ingerir grandes cantidades de facturas, bizcochos y sándwiches. Las edades estaban entre los 25 y 50. Justamente, la edad de la perra y del colega. Pero la mayoría de los adultos no aparentaban su verdadera edad. Parecían bastante arruinados. Los que tenían casi todo su cabello, ya lo tenían entrecano. Los que no tenían canas, tenían sobrepeso. Los que estaban delgados, se estaban quedando totalmente pelados. Unos pocos tenían todo eso junto y apenas pasaban los 30. Los que parecían muy sanos tenían en realidad hipertensión, colesterol alto, acidez estomacal, hemorroides en las orejas o cáncer de poronga. Además, se los veía muy débiles y blancuzcos. Me alegré de recordar que no tengo por qué quedarme en un lugar que parecía ser el foco infeccioso de la gripe porcina.

El hábito de fumar está bastante difundido. Muchos de ellos bajan varias veces al día para fumarse un fasito en la puerta de entrada. Todos llevan un celular y las tarjetas de identificación colgadas en el cinturón. En la agenda del correo vi muchos apellidos italianos. Se puede adivinar al ver sus gestos, sus rostros y al escucharlos gritar por cualquier insignificancia. Muchos deben haber sido criados en barrios de clase media, esos que conformaron muchos inmigrantes llegados a principios del siglo XX.

Luego de centurias intentando descubrir de qué manera era posible disfrutar del trabajo manual, nuestros gastados abuelos decidieron que sus hijos no sufrirían más por tareas tan ingratas. Sus descendientes no serían ni obreros ni peones rurales ni siervos de la gleba, como lo marcaba la sufrida línea genética. Estos estudiarían en la universidad y serían profesionales. Tal vez pensaron que trabajaríamos menos. Y se equivocaron.

La caribeña viene de un país donde no es posible estudiar y trabajar al mismo tiempo y donde la universidad es cara. Su padre ahorró mucho dinero para que sus hijos tuvieran un título profesional. Y ahora ella venía a Argentina a estudiar un posgrado. Cuando la caribeña me preguntaba sobre los hábitos alimenticios de los porteños yo hacía las veces de antropólogo y le aclaraba que nuestra dieta está claramente influida por la gastronomía italiana. En su país se acostumbra a tomar sopa como primer plato y la comida suele ser mucho más barata. Se usan el arroz, el maíz, frutas y legumbres mientras que en Buenos Aires abundan los carbohidratos gracias a las pizzas y a las pastas. El uso de legumbres y de algunas hortalizas en guisos y sopas conforma parte de la herencia colonial española. Otros alimentos provenientes de las dietas prehispánicas son usuales en las provincias del interior y en las apartadas reservaciones de desnutridos indígenas. Las proteínas de origen animal se hicieron fuertes hace relativamente pocos años y son las que realmente terminaron de moldear el temperamento argentino. No hay argentinidad sin asado a la parrilla.

Un panorama tan poco prometedor no me alentaba a dejar el cómodo rincón entre la caribeña y la prima. Se me retorcía el colon cuando me imaginaba hablando sólo de fútbol, minas y autos con unos sujetos que jamás veranearon fuera de las tristes y frías playas de la costa bonaerense. Admirador de los grandes gestos como me creo y nostálgico de un pasado que nunca existió, sentí que esta masa polimorfa podía desaparecer sin consecuencias para el universo. De paso, la presión del lungo y del gerente dejarían de tener sentido así como estaba dejando de tener sentido ese cómodo rincón en la cuadrícula laboral del estudio.