Una hora careta
Volvió a llamarme la perra. “¿Otra vez?”, pensé. “No puede ser que no haya nadie más boludo que yo”. Por fortuna me había quedado sin batería en el móvil durante todo el día. No vi su llamada hasta que llegué a casa, muy tarde. Yo soy de los que guardan los números de los enemigos para poder anticiparlos. En cuanto veo sus nombres en el visor, agradezco a la tecnología este gran avance que me ahorra años de entrenamiento para adquirir, después de mucho esfuerzo, la clarividencia. No iba a devolverle la llamada a esta mezquina criatura. Era ella la que necesitaba algo, así que esperé.Intentó con el mail y me envió un correo electrónico muy careta, de esos que suele mandar fingiendo aprecio por los demás. Siempre intercala palabras en inglés y en francés para que no me olvide que estoy tratando con una persona muy cool. No dejé pasar mucho tiempo antes de contestarle. Le dije que estaría muy ocupado durante dos semanas y que, hasta ese entonces, no podría reunirme con ella. Me respondió que podía esperar y pensé, entonces, que no se trataba de algo importante. Si no me llamaba por trabajo, me llamaba para sacarme información, aunque no sabía qué información podía darle un microbio como yo.
Llegué puntual. El alquiler del piso sobre la avenida Del Libertador se hacía muy difícil de mantener, así que había decidido mudarse con su pareja a escasas dos cuadras, a una torre nueva, esas de reciente construcción y que se ven en la zona norte de la ciudad y que están hechas con revestimientos pétreos muy caros, con acero inoxidable y con un ejército de guardias de seguridad, una de las ocupaciones más tristes y despreciables inventadas por la agonía capitalista. Los mulos son entidades sin alma.
Me anuncié a través de un pasavoz suspendido en la superficie de una cabina de vidrio negro y sonreí a todas las cámaras que vigilaban mi paso desde la puerta de entrada hasta el ascensor. Uno de los sabios de la arquitectura sostenía, con un dejo romántico, que el ascensor había acabado con el heroísmo de la escalera. Los elevadores de propulsión nuclear como este, no dan tiempo suficiente para pensar, no dan una oportunidad para el arrepentimiento o para la reflexión. El tiempo que tarda en subir veinticinco pisos apenas me alcanzó para esbozar unos garabatos sobre el miedo de las personas que elijen estas torres. La gente como la perra vive con un miedo notable.
El palier semitransparente dejaba verla a ella actuando su desayuno, maquillada y ataviada elegantemente, sentada con las piernas cruzadas y fingiendo la lectura de uno de esos gigantescos matutinos de derecha. Ella sabía dónde estaba porque ya me había anunciado a un extraño detrás de un vidrio negro y porque el edificio está lleno de cámaras. ¿Por qué mierda dramatiza todo? La perra fue perdiendo mucha autenticidad en todo este tiempo. No tiene nada de espontánea, todo en ella está medido y calculado, todo es una farsa escenográfica. Le golpeé el vidrio y me abrió la puerta. Su sonrisa era amplia y sus marcas de expresión parecían haberse profundizado bastante en poco más de medio año. La había visto por última vez en marzo, cuando apareció por el estudio a cobrar lo que el colega le debía. Entré y la acompañé a la mesa donde tenía desplegados otros periódicos y donde estaban la taza que ella había usado y una taza libre, sin usar. “Ya desayunaste vos, ¿no?”. No tenía ganas de convidarme nada así que le dije que sí, que ya había tomado algo en casa. La reunión no pintaba bien, así que prefería que terminara rápido para no fumarme su mala onda.
Ensayé un elogio modesto al hablar de su nuevo hogar. Ella se sintió reconfortada y comenzó a hablarme del trabajo que le había tomado, que había hecho todo especial, que había hecho traer una piedra de Alemania para hacer el solado y de un montón de detalles más de todo eso que sólo le interesa a ella. Acotó que le había salido una fortuna y que se había quedado sin dinero después de tanto esfuerzo. La perra lloraba mientras yo sólo veía los mismos clichés que repiten número tras número todas las publicaciones de arquitectura y diseño contemporáneas. Las mismas imágenes, los mismos espacios, los mismos muebles, las mismas lámparas, los mismos adornos. Nada innovador, nada jugado. En el balcón había hecho colocar una parrilla que no guardaba relación alguna con la jerarquía de la torre. Era un injerto verdaderamente molesto. Advirtió que me había perturbado con semejante desarmonía y se justificó diciendo que no esperara demasiado de una parrilla. Total, no era más que una parrilla. Adentro, el entrepiso de la doble altura ostentaba una baranda vidriada que aguardaba un trapo húmedo desde hacía varias semanas. La luz del sol ponía en evidencia la mugre pegada a un vidrio que sólo podía limpiarse desde una escalera de tres metros.
Estaba compenetrado, descubriendo que su nuevo hogar no era muy diferente de cualquier otro cuando, de repente, dejó de lado su orgullo profesional para pasar a contarme una intimidad. Cuando dijo que su hijo mayor había tenido un accidente, pensé que sería otro de sus delirios. Su hijo mayor tiene 23 o 24 años y puede dedicarse a la docencia y a viajar por el mundo gracias al financiamiento materno. Se trata de una persona sin carencias materiales. Luego de años de buscar alguna disciplina que le ayudara a cultivar su espíritu, el hijo de la perra se había decidido finalmente a practicar yoga en una exigente academia internacional. Él me corregía cada vez que yo decía shoga y, haciendo gala de una excelente pronunciación del sánscrito, sentenciaba: “Se dice ioga”. Como su madre le había transmitido la pasión por los detalles superfluos, tuve que descartar la idea de tener una charla sobre doctrinas hindúes o sobre la unificación de la conciencia, algo mucho menos interesante que hablar correctamente una lengua muerta en una ciudad del orto como Buenos Aires.
Su hijo era, en fin, un poco idiota pero joven y sano, con buenos reflejos. Si se había accidentado, la responsabilidad tenía que ser de otro, de algún loco de esos que salen a la calle con un arma o que conducen su vehículo como si estuvieran en un juego de consola. Pero el hijo de la perra tuvo un brote hipomaníaco repentino. En una fiesta con amigos quedó callado por unos minutos, nada extraño en alguien tan introspectivo como él. Se paró, se dirigió a su auto y arrancó el motor para ir a embestir un vehículo estacionado al otro lado de una ancha avenida. Luego de eso, tuvo una depresión leve. Se sentaba frente al televisor y no reaccionaba frente a ningún estímulo. Según la perra, fueron dos semanas muy duras acompañadas de breves mejorías. Se sintió contenta que la de su hijo no fuera de las depresiones más graves, de esas en las que el afectado se encierra a oscuras en su habitación sin siquiera salir para ir al baño o para ir a comer. La perra intentaba transmitirme su dolor como madre pero yo sólo veía que la vida le había devuelto un gran raquetazo en la nuca. La conocí en la cima de su orgullo, con una gran capacidad para despreciar el sufrimiento ajeno. Si alguien cercano tenía algún problema, ella sólo pedía que “no la salpicaran”. No hay que esperar muchos años para ver las consecuencias de un pensamiento dirigido por el egoísmo.
Mantuvo la entereza a lo largo de todo el relato porque ya habían pasado varios meses desde el accidente. Ahora, su hijo seguía un estricto tratamiento psiquiátrico y psicológico que había estabilizado su bipolaridad. Se me ocurrió pensar que el flaco se había zarpado con la falopa. Como si me leyera la mente, la perra negó que su hijo se drogara. Practicaba yoga y era vegetariano. ¿Cómo iba a drogarse? Si el problema no era con las drogas entonces se trataba de una terrible presión acumulada a lo largo de todos los años en los que la psiquis se había ido formando. Y la madre tenía mucho que ver en eso. La perra se hizo cargo tímidamente sin necesidad de que haga ninguno de mis comentarios de filosofía barata. "...y yo como madre tendré algo de responsabilidad...". No le dije demasiado, tan sólo elogié su templanza. Cuando me recordó que es enemiga de la autocompasión, alcancé a ver un orgullo que luchaba por seguir reluciendo. Sospeché, entonces, que una vez superada su aflicción volvería a ser como siempre había sido: racional, insensible, fría, caprichosa, manipuladora, intolerante. Una maldita perra.
A pesar de ello, afirmaba que gracias a esto había podido ver las cosas esenciales de la vida. Había descubierto que se hacía mucho problema por cosas de poca importancia. Qué noticia. Las personas que esperan que les ocurra una desgracia para poder conectarse con la vida, no me emocionan. Están trastornadas y con su trastorno no hacen más que destruir el mundo. Se pasan toda la vida al margen de lo esencial, ciegos ante el universo que siempre estuvo ahí. Y de repente, se iluminan. Cada vez hay más gente así y eso me preocupa. Me preguntó por mi trabajo y yo le dije la verdad, que gano bastante bien, que no me rompen las pelotas, que a veces me aburro un poco pero que puedo llegar a cualquier hora y no me dicen nada. Ella no tenía nada mejor para ofrecer. Me comentó que había dejado de trabajar desde que su hijo se había accidentado y que ahora estaba intentando comenzar con algo nuevo. Le pregunté y no quiso entrar en detalles porque se trata de algo reciente. No insistí. Ya había escuchado suficiente.
Se tenía que ir y me despachó rápidamente. Por suerte, yo también me tenía que ir. A último momento me ofreció algo para tomar. Le acepté un poco de agua. Mientras estaba en el palier, se me ocurrió preguntarme “¿Ya está? ¿Para esto me llamó la muy perra?”. Se había cortado la luz en todo el edificio y tuve que bajar por el único ascensor habilitado, el ascensor de servicio.










